Hoy es miércoles y es el día de visita de un sacerdote cercano que pasa a traerles la Comunión a mis padres; ella, mi madre, que ya nos cuesta entender sus gestos cansados, se deja en manos nuestras e intuyo, por su trayectoria vital, que el alimento espiritual es para ella uno de los momentos más especiales de su gastada vida.
Allí me voy con mis padres, dejo a mi hijo en pausa en una de sus rutinas y solo pido que nada le rompa su burbuja inquieta y tengamos un disgusto.
Una vez que salgo de casa de mis padres mis pasos acompañan en mi cabeza ese silencio al que no acabo de acostumbrarme, el de la ausencia que se empeñó en quedarse con mi mamá...echo de menos sus palabras, sus pasos, su sonrisa... sólo veo un recuerdo.
Hace calor, mucho. A lo lejos se oye el juego de los niños que viene de la plaza y pienso en mi otro silencio, ese que deje en casa, en pausa, seguro que papá no le dió la merienda...¿para qué? No querrá, dije que a mi vuelta y se me hizo tan tarde!
Paso por la plaza de camino a casa; hoy está llena, los niños salen al calor, juegan, se comunican, desean que no acabe nunca la tarde, porque de niños todo se debe hacer interminable, así recuerdo yo mi niñez, interminable...y mi niño en casa... esperándome, no conociendo el deseo de quedar con otros niños, ni sentirse inquieto por enseñarle a un "mejor amigo" lo que se hacer con... cualquier juego o juguete. Pienso lo que me pesa la vida; pienso en los jueves cuando le llevo a terapia para que aprenda a socializar con otros niños; le pido al mundo que nos espere, que todos, o algún compañero sepa esperarte cuando estés preparado porque lo estarás...mucho he tardado en cruzar la plaza, la misma que mi madre, la que desconozco ahora su mirada, me llevaba y sí entendía lo que era jugar con otros niños.
Una vez en casa merienda y deberes, demos el "Play" a nuestra vida.






















